lunes, 27 de diciembre de 2010

En el misterio del hombre y la historia El prodigio que todos estamos esperando

Les hago llegar una traducción no oficial de un texto de Carrón el
L'Osservatore Romano del pasado 23 de diciembre. Digo no oficial porque
estaba en varios idiomas y no en castellano y alguien se apiadó de nuestra
ignorancia en idiomas. En el misterio del hombre y la historia El prodigio
que todos estamos esperando

"Toda mi vida siempre ha sido atravesada por un hilo conductor, éste: el
cristianismo nos da alegría, ensancha nuestros horizontes. En definitiva,
una vida vivida siempre y sólo "en contra de" sería insoportable "( Luz del
Mundo , p. 27). Estas palabras de Benedicto XVI nos lanzan un desafío: ¿qué
significa ser cristianos hoy? Seguir creyendo simplemente por tradición,
costumbre o devoción, refugiándose en un caparazón, no está a la altura del
desafío. Del mismo modo, reaccionar con fuerza y ponerse en contra para
recuperar el terreno perdido es insuficiente, el Papa dice incluso que es
"insoportable". Uno y otro camino -retirarse del mundo o ponerse en contra -
no son capaces, en última instancia, de suscitar un interés por el
cristianismo, porque ninguno de los dos respeta lo que será siempre el canon
del anuncio cristiano: el Evangelio. Jesús se puso en el mundo con una
capacidad de atracción que fascinó a los hombres de su tiempo. Como dice
Péguy: "Él no perdió sus años lamentándose e interpelando la maldad de los
tiempos. El cortó por lo sano ... haciendo el cristianismo." Cristo
introdujo en la historia una presencia humana tan fascinante que cualquiera
que la encontrara tenía que tomarla en consideración. Para rechazarlo o para
aceptarla. Él no dejó a nadie indiferente.
Hoy nos encontramos frente a una "crisis de la humanidad", que se manifiesta
como cansancio y falta de interés en la realidad y que involucra a todas los
ámbitos que tienen que ver con la vida de las personas. Es realmente una
desgracia para todos que las personas no se pongan en juego con su razón y
su libertad. Y justamente en este momento la Iglesia tiene ante sí una
aventura fascinante, la misma de los orígenes: testimoniar que existe algo
capaz de volver a despertarnos y suscitar en nosotros un interés verdadero.
"También mi corazón espera, / viendo la luz y la vida, / otro milagro de la
primavera. " Todos nosotros, como el poeta Antonio Machado, esperamos el
milagro de la primavera, en el cual veamos cumplirse nuestra vida. Y si
alguien dice, incluso con el poeta, que es un sueño, ¿por qué lo esperamos?
Porque esta espera nos constituye en lo íntimo, como escribe Benedicto XVI:
"El hombre aspira a una alegría sin fin, quiere gozar más allá de todo
límite, anhela el infinito" ( Luz del Mundo , p. 95). Pero el hombre puede
decaer, el mundo puede tratar de debilitar este deseo de infinito
minimizándolo; puede incluso burlarse, ofreciéndole algo que atrae por algún
tiempo pero que no dura, y que finalmente, lo deja más insatisfecho y
escéptico. Ahora bien, la prueba de la verdad de lo que fascina y despierta
interés es que debe durar. Pero hasta las cosas más hermosas - lo vemos
cuando se ama a una persona o cuando se comienza un nuevo trabajo - decaen.
El problema de la vida, entonces, es si existe algo que dura.
El cristianismo tiene la pretensión - porque su origen no es humano, aún
cuando puede verse en los rostros de los hombres que lo encontraron- de
llevar consigo la única respuesta que puede de durar en el tiempo y la
eternidad. Pero un cristianismo reducido no está en condiciones de hacerlo.
Sabemos por experiencia que existe un modo abstracto de hablar de la fe que
no despierta la más mínima curiosidad. Si el cristianismo no es respetado en
su naturaleza así como apareció en la historia, no puede echar raíces en el
corazón. El cristianismo siempre se puso frente el deseo del corazón, y no
puede librarse de él: es Cristo mismo quien se somete a esta prueba. El
aspecto fascinante es que Dios, despojándose de su poder, se hizo hombre
para respetar la dignidad y la libertad de cada uno. Al encarnarse es como
si le hubiera dicho al hombre: "Fíjate si viviendo en contacto conmigo,
encuentras algo interesante que vuelve tu vida más plena, más grande, más
feliz. Lo que tú no eres capaz de lograr con tu esfuerzo, lo puedes obtener
si me sigues." Así fue desde el principio. Cuando los dos primeros
discípulos preguntan: "¿Dónde vives?", Él responde: "Vengan y verán". Su
simplicidad es desarmante. Dios se confía al juicio de los dos primeros que
lo encuentran. El hombre no puede dejar de comparar continuamente lo que
sucede con sus necesidades básicas. Alguno podría objetar que en la época de
Jesús se veían los milagros pero que hoy no es más el momento de los
prodigios. No es así, porque esta experiencia sigue teniendo lugar como el
primer día, cuando encuentras personas que despiertan en ti un interés y un
atractivo tales que te obligan a hacer las cuentas con lo que te sucedió.
Como dice el Papa: "Dios no se impone. [...] Su existencia se manifiesta en
un encuentro que penetra en la íntima profundidad del hombre "(Luz del Mundo
, p. 240).
Hace algunos años un amigo mío se fue a El Cairo a estudiar árabe. Conoció a
un profesor musulmán. El encuentro podría haberse desarrollado de acuerdo
con los estereotipos de uno y otro. Pero sucedió algo inesperado: se
hicieron amigos. El musulmán le preguntó a mi amigo por qué él era
cristiano, y éste lo invitó a Italia, donde conoció el Meeting de Rimini.
Arrastrado por el encuentro con una realidad humana diferente, quiso
realizar el Meeting de El Cairo, involucrando a muchos jóvenes egipcios,
musulmanes y cristianos.
Recientemente, en Moscú, conocí a personas que hasta hace poco no tenían
nada que ver con la fe. La descubrieron encontrado algunos cristianos que
les despertaron curiosidad. Algunos estaban bautizados en la Iglesia
Ortodoxa y se interesaron en el cristianismo –cosa que no habían hecho
antes- gracias a los amigos que vivían con intensidad y plenitud.

No son historias del pasado sino algo que está sucediendo ahora, en
el presente.

En su reciente visita a España, Benedicto XVI invitó a un diálogo
entre el laicismo y la fe. ¿Y cómo lo hizo? Indicando una presencia, un
testigo, Gaudí, que con La Sagrada Familia "fue capaz de crear […] un
espacio de belleza, de fe y esperanza que conduce al hombre al encuentro con
Aquél que es la Verdad y la Belleza misma." El Papa ha desafiado a todos
volviendo contemporánea la mirada de Cristo e indicando la presencia nueva
que Él introduce en la vida: cualquiera puede interesarse en ella o
rechazarla. Cuando Benedicto XVI nos llama a la conversión nos está diciendo
que para testimoniar a Cristo, para hacernos "transparencia de Cristo para
el mundo", debemos recorrer un camino humano hasta descubrir la pertinencia
de la fe a las exigencias de nuestra vida. No sé si algún católico puede
sentirse excluido de la llamada del Papa. Yo no.

© L'Osservatore Romano

Ciudad de Buenos Aires
Argentina

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Hay un lugar, para aquellos que no quieren ver, donde "No Ver" es perder de vista acontecimientos que nunca mas se volveran a repetir. "Yo no estaba, y si estaba, dormia...","...Ese viejo verso de aquellos que nunca se metieron en nada...."